Una puerta representa siempre una apertura, un corte de la realidad. Indica un pasaje, un pasaje emocional primero antes que ambiental. También el ingreso con el que la Iglesia de la Virgén del Pozo en la Puerta Monterone se abre a la calle, y a través de ella, a la ciudad, representa un límite, un confín entre el sacro y el profano, presente y pasado, vivido y por vivir. Un lugar especial, santificado por la fe y sublimado por el arte, cada mes, desde hace dieciocho años.
Invitada a crear una instalación site specific, Evita Andújar ha redefinido el pequeño volumen, conectando llenos y vacios, materia y pensamiento. Reflexiona sobre el concepto del umbral, entendido en sentido metafórico además que físico, línea de demarcación entre el deseo y la realidad, entre el sentir y el ser, el artista ha dado cuerpo a una instalación sensible, uniendo el espacio que la acoje con la comunidad que la rodea, prescindiendo de que al final la relación sea la búsqueda del divino o la pura contemplación estética.
La gracia divina sintetiza éste estado liminal, representado por una meta no alcanzable para el humano y por esto, un señal de la presencia y omnipotencia celeste.
Umbral y gracia son dos conceptos en los que el artisa se ha basado para realizar su intervención. Un paño milagroso, casí como si fuese un sudario, parece descender desde la misma Virgén hasta el pozo milagroso, puerta sobre puerta, haciendo de la pequeña iglesia un pasaje entre la luz y la sombra, humano y sobrehumano. Sobre la mesa del altar un negro agujero , el paño de tela primero invisible se hace real sobre el frontal de la mesa a través de otro negro agujero, hasta desaparecer en el pozo, lugar taumatúrgico y milagroso. Sobre el lienzo el artista ha intervenido pintando trozos de cuerpo, como nuevos ex votos, auspicio de gracia indiviual y colectiva. Imágenes incongruentes, parecidas a transmutaciones alquémicas, que Evita, coje de la realidad corporea para después transmutarlas en puros empastes de luz y color, residuos de una humanidad alienada que deja detrás de ella solo reliquias sin santidad.
Renunciando a la narración y a qualquier intención de didascalía a favor de una pintura “pura”, el artista se acerca a la dimensión abstracta, elevando el caso específico-personal- a un ejemplo universal y transformando el episodio único en un drama humano de portada general. Su pintura se caracteriza por un gesto frenético, primitico y instintivo, dónde las partes anatómicas son formas simples trazadas rapidamente. Evita concentra la propria investigación sobre los temas de la muerte y de la vida, con una mano impulsiva y siempre atenta a sondar la infinitas potencialidades del color, ahora excesivos ahora apenas intuidos en aterciopelados resplandores, evitando efectos decorativos. La intuición la plasma con el pincel y el fuego interior queda grabado en las imágenes, haciendo de la pintura una “destilería en la que los estados del alma toman vida” (Clark Coolidge). La obra de objeto de contemplación se convierte en sujeto que observa e interpreta el ambiente que la rodea, en un diálogo al mismo nivel que genera empatía con el espectador. El paño en su manifestarse hacia abajo se carga de significados profundos, representando un cordón entre la Virgén y el pozzo y visualizando no solo las propiedades milagrosas del lugar sino también las aspiraciones de los fieles que han viajado hasta la Virgén durante siglos postradose delante de ella con esperanza. Hoy, en una época de fe comprometida se pierde el misterio, quizás el divino, y también la percepción del oculto. Como una oración, en Espoleto, la pintura de Evita Andújar, se hace mensajero de la gracia, poniendo la máxima atención en el papel eversivo y al mismo tiempo de salvación a través de la belleza.

Carmelo Cipriani

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